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The Chatroom Beast
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Published 5/8/2026
El primer mensaje llegó a las 9:47 de la mañana, justo cuando mi taza de café empezaba a enfriarse sobre el escritorio lleno de exámenes por calificar. El teléfono vibró con esa sacudida urgente y familiar que solo el grupo de WhatsApp de profesoras produce, un temblor que anuncia casi siempre chisme o desesperación.
Era Vanessa. Siempre es Vanessa la que inicia el incendio.
*¿Ya lo vieron?*
Erika respondió tres segundos después, puntual como sus clases de matemáticas.
*¿A quién? ¿El nuevo?*
Y luego, la bomba. La frase que sellaría el destino de ese pobre hombre para el resto del año escolar, quizá para el resto de su carrera en este instituto público al borde de la ciudad, donde las paredes sudaban humedad en invierno y los sueños de los adolescentes chocaban contra la cruda realidad de las planillas ministeriales.
Vanessa escribió: *Sí. El nuevo. El viejo casi enano. El que parece un burro triste vestido de profesor.*
Me reí. No pude evitarlo. Una carcajada corta y solitaria que resonó en la sala de profesores vacía. Me miré alrededor, como avergonzada, pero solo estaba yo, el hervidero de cafetera en el rincón y los fantasmas de mil recreos pasados. Presioné el teléfono contra la palma de la mano, sintiendo el zumbido de la siguiente ráfaga de mensajes.
Nosotras tres éramos así. Una trinidad sagrada del desmadre pedagógico. Vanessa, Erika y yo, Shirley. Juntas desde que éramos las profesoras jóvenes, recién salidas de la universidad, llenas de teorías educativas que se nos desmoronaron contra el primer alumno que nos dijo “no tengo ganas”. Ahora, con más canas y más cicatrices, éramos las veteranas, las que sabíamos dónde guardaba la secretaria los sellos oficiales y qué padre de familia tenía un primo abogado. Y nuestro grupo de WhatsApp, llamado “Las Tres Mosqueteras (Versión Cansada)”, era el corazón palpitante de todo chisme institucional.
Erika, siempre la voz de la razón práctica, respondió: *No sean malas. Es el suplente de Literatura. Don Ramón se jubiló de urgencia, dicen que la próstata.*
Vanessa, implacable: *Pues este no parece que vaya a durar ni hasta Navidad. Lo vi cruzar el patio. Caminaba como si arrastrara un piano a cuestas. Y es bajito, chiquitas. Más bajo que los alumnos de primero.*
Miré por la ventana que daba al patio central. El cielo era de un gris algodonoso, el típico cielo de octubre que promete lluvia y solo cumple tristeza. Los estudiantes pululaban como hormigas nerviosas, con sus mochilas rotas y sus risas demasiado altas. Y allí, efectivamente, estaba él.
El nuevo.
Vanessa tenía razón. Era un hombre bajo, quizá no más de metro cincuenta, con un traje marrón que le quedaba grande en los hombros y corto en los puños. Cargaba una carpeta de cuero desgastada que parecía contener los pecados del mundo, no planificaciones de clase. Su espalda estaba ligeramente encorvada, no por la edad—no podía tener más de sesenta—sino por el peso de algo invisible. Cruzó el patio con una determinación triste, como si cada paso fuera una pequeña derrota.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Vanessa: *Se va a llamar Benito. Benito Cabrera. Suena a nombre de burro, ¿no?*
Erika: *VANE. PARA.*
Yo escribí: *Dejen de molestar. Parece un hombre decente.*
Pero sonreí al escribirlo. Porque también era cierto. Tenía esa aura de tristeza resignada que inspiraba una crueldad instantánea, el tipo de hombre que el universo ponía en tu camino para que le pusieras un apodo y se lo llevara a la tumba.
Vanessa, imparable: *Ya sé. El Burro. Por lo terco que debe ser para seguir en esto a su edad. Y por… ya saben. Las orejas. Tiene las orejas un poco grandes, ¿no?*
Erika envió un sticker de una cara con los ojos en blanco. Yo no pude evitar volver a mirar por la ventana. Ya no estaba. Se había esfumado, tragado por el pasillo oscuro que llevaba a las aulas viejas, las que olían a tiza mojada y derrota.
Así empezó.
Ese día, el apodo ya estaba sellado. El Burro. Benito “El Burro” Cabrera.
Las horas pasaron entre clases de castellano, donde traté de explicarles a treinta adolescentes aburridos por qué el realismo mágico era más real que el periódico de la mañana, y reuniones breves en los pasillos con Vanessa y Erika.
“¿Lo viste de cerca?” susurró Vanessa al encontrarnos junto a la máquina de café averiada. “Tiene ojos de perro golpeado. Pobrecito. Me dan ganas de darle un azúcar.”
“O de ponerle una carga más a la carreta,” dijo Erika, seca, arreglándose la chaqueta de dril. “Espero que sepa controlar a los de cuarto. El año pasado casi prenden fuego al laboratorio.”
Yo no dije nada. Solo recordé la imagen de él, esa carpeta abultada bajo el brazo, caminando hacia el aula de Literatura como un soldado yendo a una batalla perdida.
Al final de la jornada, mientras recogía mis libros y guardaba el teléfono en el bolsillo del abrigo, lo vi salir de su salón. Los alumnos salieron primero, empujándose y riendo, libres de él por hoy. Él salió después, más lento, cerrando la puerta con un cuidado exagerado, como si temiera que se fuera a romper. Se pasó una mano por el rostro, un gesto de cansancio infinito. Y por un segundo, nuestros ojos se encontraron al otro lado del pasillo.
No fue un cruce de miradas hostil. Ni siquiera curioso. Fue un reconocimiento mutuo, silencioso, de dos náufragos en el mismo océano de ruido adolescente. Un rápido parpadeo de complicidad entre colegas. Yo le ofrecí una pequeña sonrisa, de esas que se dan por obligación social. Én no sonrió. Solo asintió levemente con la cabeza, un movimiento casi imperceptible, y se dio la vuelta para marcharse por el pasillo en la dirección opuesta.
Su espalda, encorvada bajo la luz fluorescente que parpadeaba, parecía llevar el peso de todos los libros que había tenido que leer, de todas las clases que había tenido que dar, de todos los apodos que había tenido que escuchar a lo largo de una vida entera.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Ya en la calle, bajo el cielo gris que al fin empezaba a soltar unas gotas frías, lo saqué.
Erika: *¿Alguien va a la junta de profesores el viernes? Tengo que ir a buscar a mi hija a ballet.*
Vanessa: *Yo voy. A ver si El Burro va. Apostemos a que se sienta en la silla de Don Ramón.*
Yo escribí, con las gotas de lluvia manchando la pantalla: *Dejen al hombre en paz.*
Pero supe, mientras guardaba el teléfono y caminaba hacia la parada del autobús, que no lo íbamos a dejar en paz. El apodo ya estaba vivo, respirando por sí mismo en nuestros teléfonos y en nuestros pasillos. “El Burro” ya no era solo un hombre; era un personaje en nuestra comedia diaria, el blanco fácil de nuestra frustración acumulada. Era el nuevo, el foráneo, el que cargaba con una tristeza tan visible que era imposible no querer pellizcarla, solo para ver si era real.
Y en algún lugar de ese edificio lleno de cicatrices, él, Benito Cabrera, guardaba su carpeta en un casillero y se preparaba para el día siguiente, completamente ajeno a la manada de hienas elegantes que ya le habían puesto nombre.
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This is a work of fiction, assisted by artificial intelligence. Any names or characters, businesses or places, events or incidents, are fictitious. Any resemblance to actual persons, living or dead, or actual events is purely coincidental.
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