Sangre y Deseo

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Published 10/6/2026
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La llave giró en la cerradura con ese chirrido que solo la puerta de Miguel tenía, un lamento metálico que conocía de memoria desde que éramos niños. Empujé la hoja y el olor me golpeó primero. Sudor viejo, cerveza rancia, y debajo de todo eso, el aroma dulzón de su colonia barata, la misma que usaba desde los dieciséis. El apartamento estaba a oscuras salvo por la luz azulada del televisor, encendido sin volumen sobre alguna repetición de un partido que ya nadie recordaba.

Miguel dormía en el sofá con un brazo colgando hasta el suelo, los dedos rozando una botella vacía. Llevaba la camiseta gris que le había regalado para su cumpleaños, la que decía "El mejor hermano del mundo" en letras descoloridas. Casi me reí. Casi.

Dejé la bolsa de comida en la mesa de la cocina, aparté dos latas de cerveza y un cenicero rebosante, y me quedé mirándolo desde el umbral. Dormido parecía más joven. Menos cansado. Como si los últimos tres años no le hubieran pasado por encima con la fuerza de un camión. El trabajo en la construcción le había ensanchado los hombros, le había marcado las manos con callos y cicatrices pequeñas. Pero la boca seguía siendo la misma. Esa boca que sonreía torcido cuando mentía, que se apretaba cuando estaba nervioso, que yo había visto temblar solo una vez, la noche que enterramos a mamá.

Me senté en el brazo del sillón y le tiré del pie. Miguel gruñó, se giró, y su mano fue directa a la mesita de noche, buscando algo que no estaba ahí.

—Leidy —murmuró, sin abrir los ojos—. ¿Qué hora es?

—Las ocho. Te traje tamales.

Se incorporó con esfuerzo, parpadeando contra la luz del televisor. Tenía la cara hinchada de dormir mal, el pelo revuelto, y una marca roja en la mejilla donde el cojín le había presionado la piel. Me miró como si no supiera quién era yo, y luego, como si recordara algo importante, su expresión se cerró.

—No tenías que venir.

—Ya lo sé. Pero tu nevera está vacía y tu contestador tiene seis mensajes de la oficina de tu jefe. Alguien tiene que asegurarse de que no te has muerto.

Se levantó y fue a la cocina sin decir nada más. Abrió la bolsa, sacó un tamal, lo desenvolvió con dedos torpes. Comía de pie, apoyado contra la encimera, mirando hacia la ventana que daba al callejón. Yo lo observaba desde el sofá, con esa atención que solo una hermana puede tener, esa que registra cada cambio, cada descuido, cada pequeña rendición.

—¿Vas a decirme qué pasó? —pregunté.

—Nada pasó.

—Miguel.

—Nada, Leidy. Déjalo.

Pero no lo dejé. Nunca lo dejaba. Era mi trabajo, supongo, ser la que insistía, la que empujaba, la que se quedaba cuando todos los demás se iban. Desde que papá se marchó, desde que mamá enfermó, yo había sido la que se quedaba. Miguel era el que huía. A la obra, a la cerveza, a los brazos de mujeres que no significaban nada.

Me levanté y caminé hasta la mesa. Sobre ella, entre las llaves y un recibo arrugado, estaba la foto. La había visto antes, por supuesto. La misma mujer sonriendo con dientes perfectos, el pelo largo cayendo sobre un hombro desnudo, la mano de Miguel en su cintura. Pero esta vez la cogí. La sostuve contra la luz.

—¿Todavía la tienes?

Miguel dejó el tamal a medio comer. Se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Es solo una foto.

—Es una foto de ella. De Valeria. La que te dejó tirado como una bolsa de basura.

—Leidy.

—La que se fue con tu mejor amigo. La que vació tu cuenta bancaria. Esa Valeria.

—Ya lo sé, ¿crees que no lo sé? —Su voz subió, y el eco rebotó en las paredes desnudas del apartamento—. ¿Crees que necesito que vengas a recordármelo?

—Entonces por qué la tienes. Por qué no la has tirado.

Se acercó a mí, y por un momento pensé que me la iba a quitar de las manos. Pero no lo hizo. Se quedó ahí, a un paso de distancia, respirando fuerte, con ese olor a sudor y cerveza y colonia barata que me llenaba la nariz.

—Porque no puedo —dijo, y su voz se quebró en la última sílaba—. Porque cada vez que intento tirarla, me quedo mirándola como un idiota. Porque ella fue la única que me hizo sentir que valía algo, ¿entiendes? Aunque fuera mentira. Aunque todo fuera mentira.

Sentí algo entonces. Algo que no quería sentir. Una punzada en el pecho, caliente, fea, que subió hasta la garganta y se quedó ahí, atascada.

—Yo nunca te hice sentir que valías algo —dije. No era una pregunta.

Miguel me miró. Sus ojos, oscuros como los míos, se encontraron con los míos y no se movieron.

—No es lo mismo —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque tú eres mi hermana.

—Y ella era una desconocida que te robó. Pero tú la querías a ella. A mí me tienes aquí, siempre, y ni siquiera me miras.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Y una vez fuera, no había forma de recogerlas. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Miguel se quedó quieto, con la boca entreabierta, y yo sentí cómo la sangre me subía a las mejillas, cómo el corazón me golpeaba las costillas.

—Leidy —dijo, y esta vez no sonó como una advertencia. Sonó como una pregunta.

—Olvídalo. —Dejé la foto sobre la mesa, boca abajo—. Olvida que dije eso. Estoy cansada, vine hasta acá después de un turno de doce horas, no sé ni lo que digo.

—No.

—Miguel, en serio, olvídalo.

—No puedo.

Se acercó un paso más. El aire entre nosotros se volvió espeso, cargado de algo que no tenía nombre. Podía oler el alcohol en su aliento, podía ver la vena que le palpitaba en el cuello. Y entonces lo dijo, con una voz que nunca le había escuchado, baja y ronca, como si las palabras le rasparan la garganta al salir.

—¿Estás celosa?

No respondí. No podía. Mi lengua era un peso muerto en la boca.

—Leidy. ¿Estás celosa de Valeria?

—Sí.

La palabra cayó entre nosotros como una piedra en un estanque. Miguel cerró los ojos. Los abrió. Y en ellos había algo que yo solo había visto en sueños, algo que había enterrado tan profundo que creía que nunca saldría a la superficie.

—Yo también —dijo.

—¿Tú también qué?

—Que estoy celoso. De todos los hombres que te miran. De todos los que te tocan. De todos los que han estado contigo y no he sido yo.

El mundo se detuvo. O quizás fui yo la que se detuvo, la que dejó de respirar, la que se quedó suspendida en ese instante como una gota de agua en el borde de una hoja. Miguel levantó la mano y me tocó la cara. Sus dedos callosos me recorrieron la mejilla, la mandíbula, el borde del labio inferior. Nunca me había tocado así. Nunca nadie me había tocado así.

—No deberíamos —susurré.

—Lo sé.

—Es pecado.

—Lo sé.

—Miguel.

—Lo sé, Leidy. Lo sé todo. Pero no me importa.

Y entonces me besó.



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