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Espadas y Cenizas
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Published 9/14/2026La noche se había quedado en silencio después de que Rudeus y Sylphy se retiraron a su habitación. Los vi alejarse por el pasillo, Sylphy apoyada en él, ambos riendo por algo que solo ellos entendían. Mi hermano menor, casado. Todavía me costaba procesarlo.
Cerré la puerta de nuestra habitación y me recosté contra ella un momento. Sara ya estaba sentada en la cama, desabrochándose los botones de la blusa que había usado para la ceremonia. La luz de la vela dibujaba sombras en su cuello, en el hueco entre sus clavículas.
“Parece que al final logramos que se casara”, dijo sin mirarme. Sus dedos trabajaban el tercer botón con una paciencia que no le conocía en las peleas.
“Tuvimos que mandar a Rudeus al carajo varias veces para que se decidiera”, respondí, soltando el cinturón de la espada. El ruido del metal contra el suelo sonó más fuerte de lo que esperaba. “Pero sí. Lo logramos.”
Sara rió entre dientes. “No le des tanto crédito. Sylphy ya lo tenía decidido desde el principio. Solo era cuestión de que él dejara de hacerse el idiota.”
“Eso es algo que nunca va a dejar de hacer.”
Terminé de quitarme la camisa y me senté en el borde de la cama, de espaldas a ella. La ventana estaba entreabierta. Se colaba el aire fresco de la noche, el olor a tierra mojada de la lluvia que había caído horas antes. July dormía en su cuna al otro lado de la habitación. Podía escuchar su respiración tranquila, ese ritmo constante que todavía me sorprendía cada mañana cuando la veía despertar.
“¿Estás bien?”, preguntó Sara. Sentí sus dedos en mi hombro, justo donde tenía la cicatriz más grande. La que me había dejado un lobo en las montañas cuando tenía quince.
“Estoy bien. Solo... es raro.”
“¿Qué es raro?”
“Todo.” Moví la cabeza hacia la cuna, hacia la puerta, hacia la ventana. “Esto. La casa. La boda. Que tengamos una hija. Que mi hermano tenga esposa. Que no haya tenido que matar a nadie en tres semanas.”
Sara se rió. Una risa corta, sincera. “Tres semanas y media. La última pelea fue hace veintitrés días.”
“Llevas la cuenta.”
“Alguien tiene que hacerlo.” Se movió detrás de mí y sentí sus brazos rodeándome por la espalda. Su pecho presionado contra mi piel. Su barbilla apoyada en mi hombro. “Te estás poniendo blando, Guts.”
“Cállate.”
“Es verdad.” Su voz era un susurro cerca de mi oído. “Antes matabas monstruos antes del desayuno. Ahora te preocupas porque tu hermanito se casó.”
“Mi hermanito se casó con una chica que conoció cuando tenía diez años y que lo esperó durante años mientras él viajaba por todo el mundo haciendo Dios sabe qué.” Giré la cabeza para verla de reojo. “Es raro. Es como si de repente todo estuviera... en orden.”
“¿Y eso te asusta?”
No respondí. Porque sí. Me asustaba. Tener algo que perder siempre había sido más aterrador que enfrentarse a un dragón. Al menos con los dragones sabías lo que iba a pasar. Podías calcular el golpe, medir la distancia, prepararte para el dolor.
Esto no.
Sara soltó mis hombros y se movió para sentarse a mi lado. Había terminado de desabrocharse la blusa. La tela colgaba abierta, mostrando el borde de su pecho, la curva de su cintura. No llevaba nada debajo.
“¿Sabes qué creo?”, dijo, estirando las piernas sobre la cama. “Creo que te da vergüenza admitir que te gusta esta vida.”
“No me da vergüenza.”
“Te da vergüenza porque antes eras el cazador solitario, el que no necesitaba a nadie, el que podía sobrevivir en cualquier parte con solo una espada y una bolsa de provisiones.”
“Sigo siendo ese.”
“Claro que sí.” Sonrió. Esa sonrisa que conocía bien. La que usaba cuando iba a decir algo que sabía que me iba a joder. “Pero ahora también eres el que se levanta a las tres de la mañana porque July llora, el que compra verduras en el mercado sin quejarse, el que le dijo a Rudeus que si no se casaba con Sylphy le iba a partir la cara.”
“Eso fue una amenaza legítima.”
“Fue una amenaza de hermano mayor que quiere ver a su hermano feliz.”
La miré. Tenía el pelo revuelto, los labios ligeramente hinchados por haberse mordido durante la ceremonia. Los ojos brillaban con esa luz que solo aparecía cuando estábamos solos.
“Eres una pesada”, dije.
“Y tú un imbécil.” Se inclinó hacia mí. “Pero eres mi imbécil.”
Su boca encontró la mía. Fue un beso tranquilo, sin prisa. Como los que nos habíamos dado cientos de veces. Pero había algo diferente. Algo en la forma en que su mano se posó en mi mejilla, en cómo sus dedos se enredaron en mi cabello.
Cuando se separó, estaba sonriendo.
“¿Sabes qué más creo?”, dijo.
“¿Qué?”
“Que Rudeus y Sylphy están en su habitación haciendo exactamente lo mismo que nosotros vamos a hacer.”
“Eso es una imagen que no necesitaba.”
Se rió. Una risa que le salió del pecho, sincera, sin filtros. “Ay, Guts. Eres tan fácil.”
La empujé sobre la cama. Cayó de espaldas, la blusa abierta, el cabello extendido sobre la almohada. Me miró desde abajo con esos ojos que siempre habían sabido exactamente lo que querían.
“¿Fácil?”, dije, inclinándome sobre ella. “¿Tú crees?”
“Sí.” Extendió una mano y tocó mi pecho. Sus dedos recorrieron el camino desde mi esternón hasta mi estómago. “Fácil. Porque sé exactamente qué hacer para que pierdas el control.”
“No has perdido nada.”
“Esperate.”
Su mano siguió bajando. Mis dedos encontraron el borde de su blusa y la apartaron completamente. Su piel brillaba bajo la luz de la vela. Cálida. Real.
La besé de nuevo. Esta vez con más fuerza. Con más intención. Su boca se abrió bajo la mía y su lengua encontró la mía con una familiaridad que todavía me sorprendía después de tanto tiempo.
Sus manos se movieron por mi espalda, presionando, arañando ligeramente. Conocía cada una de mis cicatrices. Sabía dónde presionar, dónde acariciar, dónde morder. Yo también conocía su cuerpo. Sabía que si besaba su cuello, justo detrás de la oreja, ella se estremecía. Sabía que si ponía mi mano en su cadera, ella arqueaba la espalda.
Lo hice.
Ella gimió. Un sonido bajo, contenido. July estaba durmiendo al otro lado de la habitación.
“Tranquila”, susurré contra su piel. “No queremos despertarla.”
“Entonces hazlo bien.”
Me reí. Una risa que me salió sin pensar, mientras mis manos recorrían su costado, la curva de su cintura, el borde de su falda.
“Siempre tan mandona.”
“Alguien tiene que serlo.”
Después, cuando todo terminó, cuando nuestros cuerpos estaban pegados por el sudor y la respiración entrecortada, me quedé mirando el techo. Sara estaba acurrucada contra mi costado, su cabeza apoyada en mi hombro, su mano sobre mi pecho.
“¿Sabes qué?”, dijo después de un largo silencio.
“¿Qué?”
“Sylphy me dijo algo hoy. Antes de la ceremonia.”
“¿Qué te dijo?”
Sara levantó la cabeza para mirarme. Tenía el pelo pegado a la frente, los ojos brillantes. “Me dijo que le daba gracias a los dioses por haberte puesto en mi camino.”
No supe qué responder. Las palabras se quedaron atascadas en mi garganta.
“Le dije que yo también”, continuó Sara. “Pero que los dioses no tenían nada que ver. Que tú te habías ganado tu lugar.”
“Sara...”
“Es verdad.” Volvió a apoyar la cabeza en mi hombro. “Podrías haberte ido. Podrías haber seguido siendo el cazador solitario. Pero te quedaste. Por mí. Por July. Por Rudeus.”
“Rudeus puede valerse solo.”
“Pero tú no quieres que lo haga.”
Cerré los ojos. Tenía razón. Joder, siempre tenía razón.
“Esta vida”, dije al final. “Esta casa. July. Tú. Mi hermano. Todo esto.” Hice una pausa. “Es lo que quiero proteger.”
Sara no dijo nada. Solo apretó su mano contra mi pecho.
“Te quiero, idiota”, murmuró contra mi piel.
“Yo también te quiero, pesada.”
Se rió. Una risa tranquila, satisfecha. La clase de risa que solo se escucha cuando todo está bien.
Afuera, la luna seguía su curso. July seguía durmiendo. Rudeus y Sylphy estaban en su habitación, probablemente haciendo lo mismo que nosotros. Y yo estaba allí, en esa cama, con Sara pegada a mí, sintiendo su respiración volverse lenta, sus músculos relajándose.
Tres semanas y media sin pelear. Una casa. Una familia. Un hermano casado.
Quizás no estaba tan mal.
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This is a work of fiction, assisted by artificial intelligence. Any names or characters, businesses or places, events or incidents, are fictitious. Any resemblance to actual persons, living or dead, or actual events is purely coincidental.
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