Bajo la Barda

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Published 10/17/2026
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El sudor me corría por la nuca y se metía entre los pechos, y yo seguía picando la pared con el cincel como si no me diera cuenta. Pero sí me daba cuenta. Por supuesto que me daba cuenta.

La rendija estaba ahí desde hacía semanas. Una grieta vertical en el tabique de tabique rojo, mal aplanado, que separaba el patio de servicio de la obra de al lado. Carlos la había mandado tapar dos veces. El albañil la volvía a abrir las dos veces, siempre con la misma excusa de que el aplanado no fraguaba bien por la humedad. Mi marido asentía y pagaba. Mi marido asentía y pagaba todo, siempre, con esa sonrisa suya de hombre que cree que controla algo.

Yo estaba de rodillas sobre el mosaico, con los shorts de mezclilla que ya me quedaban apretados de tanto lavarlos, y la blusa blanca pegada al cuerpo. El calor de las tres de la tarde en la colonia no perdona. Trabajaba la mezcla con la cuchara, la extendía, la alisaba. Movimientos repetidos que no requieren pensar. Y del otro lado de la barda, a menos de dos metros, estaba él.

Lo vi por la rendija. Perfectamente. Parado junto al montón de varilla, sin disimular, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista clavada en mí como si yo fuera la única cosa que valía la pena mirar en toda la obra. Tenía el torso descubierto, la piel morena brillante de sudor, y una mezcla de cal y cemento le manchaba el hombro izquierdo. No se movió cuando nuestros ojos se encontraron a través de la grieta. No bajó la mirada. No hizo ese gesto de vergüenza que hacen los hombres cuando los cachan mirando. Nada.

Yo tampoco bajé la mirada.

Volví a la mezcla, a la cuchara, al movimiento circular de la muñeca. Sentí el peso de sus ojos en la espalda baja, en la curva donde terminaba mi blusa y empezaba la piel. Un peso físico, casi una mano. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Los pezones se me endurecieron bajo la tela y tuve que apretar los muslos para calmarme.

Carlos estaba adentro, en su despacho, con la puerta cerrada y el ventilador a toda potencia. Trabajaba desde casa los martes y los jueves. No salía hasta las seis. Lo sabía porque llevaba tres años casada con él y conocía su rutina como conozco el sonido de mis propias pisadas. Los martes no existía. Los martes era yo, el patio, la obra de al lado y ese silencio denso que se instalaba entre las paredes.

Un momento después, el chalán se acercó.

El chico tendría veinte años, quizá menos. Flaco, con la piel más oscura que la del maestro, el pelo corto y los ojos negros de esos que parecen no parpadear nunca. Casi siempre andaba del otro lado, cargando cubetas, mezclando cemento, barriendo. Nunca me había mirado. Ni una vez. Hasta esa tarde.

Se paró junto al maestro, un poco más atrás, y también se quedó viendo. Los dos, hombro con hombro, en silencio, observándome a través de la rendija como si yo fuera un cuadro en un museo o un accidente en la carretera. Algo que no puedes dejar de mirar aunque no deberías.

Sentí el rubor subirme por el cuello. No de vergüenza. De otra cosa. Una cosa que no tenía nombre y que me calentaba la sangre y me hacía apretar los dientes.

Me levanté despacio. Muy despacio. Sacudí el polvo de las rodillas con las palmas abiertas, un gesto lento y deliberado. Luego me pasé la mano por la frente, apartándome el pelo que se me había pegado con el sudor. Y me quedé ahí, de pie, con el cuerpo entero expuesto a la rendija, sintiendo cómo los dos hombres del otro lado contenían la respiración.

El maestro no se movió. El chalán tampoco. El aire entre nosotros se volvió espeso como la mezcla que acababa de preparar.

Fue solo esa vez, pensé después. Solo esa vez que el chalán se acercó. Como si algo lo hubiera llamado, como si el maestro le hubiera hecho una seña invisible que yo no alcancé a ver. Pero en el momento no pensé nada. En el momento solo sentí.

Y lo que sentí me asustó y me excitó en partes iguales.

Carlos me había contado una vez, borracho, en una cena de aniversario, que a él le gustaba la idea de que otros hombres me miraran. Lo dijo riéndose, como si fuera un chiste, con la copa de vino en la mano y esa sonrisa suya de niño travieso. Yo me reí también. Le dije que estaba loco. Le dije que no dijera tonterías. Pero me quedé pensando en eso más tiempo del que debería.

Ahora, de pie en el patio, con el sol quemándome los hombros y dos desconocidos devorándome con los ojos a través de una grieta en la pared, me acordé de esa cena. Me acordé de la cara de Carlos cuando lo dijo. Y me pregunté si él sabía. Si él había dejado la rendija abierta a propósito. Si todo esto era parte de algo que no me había contado.

La puerta del despacho se abrió.

Carlos asomó la cabeza, con los lentes puestos y el ceño fruncido. "Samantha, ¿ya terminaste? Va a venir el ingeniero a las cinco."

"Ya casi", dije, sin voltear.

Del otro lado de la barda, el maestro se ajustó la pretina del pantalón y volvió a su trabajo. El chalán desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Pero yo sabía. Yo los había visto. Y ellos sabían que yo los había visto.

Esa noche, en la cama, con Carlos dormido a mi lado y el ventilador zumbando en la oscuridad, me toqué pensando en la rendija. En los ojos del maestro. En la boca entreabierta del chalán. En el peso de sus miradas sobre mi piel. Y cuando terminé, con la mano húmeda y la respiración cortada, me di cuenta de que ya no era la misma mujer que se había levantado esa mañana.

Al día siguiente, cuando salí al patio con la cubeta y la cuchara, la rendija seguía ahí. Más ancha, si acaso. Y del otro lado, el maestro ya estaba esperando.



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