Labios de Fuego

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Published 8/16/2026
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No sé por qué empezamos a hablar de eso. Tal vez fue el humo del cigarro, subiendo lento en el aire quieto del departamento. Tal vez fue el silencio que dejó la tercera botella de ron.

“Ella tiene la boca más experta que he probado.”

Jack lo dijo primero. Lo soltó así nomás, sin mirarme, como quien comenta el clima.

Me reí. “¿Teresa?”

“¿Quién más?”

Jack tiene esa forma de decir las cosas. Como si fueran obvias. Como si el mundo entero ya supiera lo que él acaba de descubrir. Pero esta vez no me molestó. Porque yo sabía exactamente de qué hablaba.

“Es cierto,” dije.

Jack me miró. Primero sorprendido. Luego divertido. Luego algo más. Algo que no supe descifrar en la penumbra del living.

“¿También vos?”

“También.”

Me pasó el cigarro. Lo acepté. Fumé. El humo me quemó la garganta pero no me importó.

“¿Cuándo?” preguntó.

“No importa.”

“Importa.”

“Tres meses atrás. En la cocina de su casa. Después de la cena del cumpleaños de su mamá.”

Jack asintió. No parecía enojado. Eso me sorprendió. Debería haber estado enojado. Jack y Teresa llevaban seis meses. Seis meses oficiales, quiero decir. Porque antes de eso hubo un año de casi, de tal vez, de mirarse por encima de los vasos en los bares.

“Ella cocinó esa noche,” dijo Jack. “Hizo pollo al horno con papas. ¿Te acordás?”

“Me acuerdo.”

“Yo estaba sentado en el living. Tomando una cerveza. Viendo el partido. Y ella me llamó. Dijo que necesitaba ayuda con los platos.”

“Y fuiste.”

“Y fui.”

Jack apagó el cigarro en el cenicero. Lo hizo con fuerza. Como si el cigarro lo hubiera ofendido.

“Ella no necesita ayuda con nada,” dijo. “Eso lo aprendí rápido.”

“Todos lo aprendemos rápido.”

Silencio. El ruido de la heladera. Un auto pasando en la calle. El mundo siguiendo su curso mientras nosotros nos sentábamos en la oscuridad a desarmar a una mujer que ninguno de los dos había podido armar.

“¿Y?” pregunté.

“¿Y qué?”

“¿Cómo fue?”

Jack se rió. Pero no era una risa feliz. Era una risa de las que uno se guarda para cuando no sabe qué más hacer.

“Fue como si ella supiera exactamente qué hacer. Pero no solo eso. Era como si supiera qué iba a pasar después. Como si ya hubiera estado ahí antes. Muchas veces.”

“Exacto.”

“Exacto.”

Otro silencio. Más largo. El tipo de silencio que llena una habitación hasta que no queda espacio para nada más.

“¿Sabés lo peor?” dijo Jack.

“Decime.”

“Que no me importa. Que ella haya estado con vos. Que haya estado con otros. Que probablemente haya estado con muchos. No me importa.”

“A mí tampoco.”

“Y eso debería importarme.”

“Sí.”

“Pero no.”

“No.”

Jack se paró. Fue a la heladera. Sacó dos cervezas. Las abrió con la misma facilidad con la que Teresa abría todo. Puertas. Botellas. Hombres.

“Ella tiene un secreto,” dijo, volviendo al sillón.

“¿Un secreto?”

“Algo que no cuenta. Algo que la hizo así.”

“¿Así cómo?”

“Así buena.”

Tomé un trago largo. La cerveza estaba fría. El departamento estaba caliente. El contraste me hizo sentir vivo.

“Todos tenemos secretos,” dije.

“No como el de ella.”

“¿Cómo sabés?”

Jack me miró fijo. Sus ojos tenían ese brillo que solo aparece cuando uno ha visto algo que no debería haber visto.

“Porque una noche se quedó dormida en mi pecho. Y habló. No despierta. Dormida.”

“¿Qué dijo?”

“Dijo ‘no me toques ahí’. Dijo ‘duele’. Dijo ‘por favor’.”

El aire se volvió más denso. El humo del cigarro parecía colgar en el techo como una nube baja.

“¿Y vos qué hiciste?”

“Nada. Me quedé quieto. La dejé dormir. A la mañana siguiente no dijo nada. Yo tampoco.”

“¿Nunca hablaron de eso?”

“Nunca.”

Jack terminó su cerveza. La aplastó con la mano. El metal cedió como si nada.

“Pero ahora sé,” dijo. “Ahora sé por qué besa como besa. Por qué toca como toca. Por qué tiene esa boca.”

“La boca más experta.”

“La boca más experta.”

No dije nada. Porque de repente entendí algo que no quería entender. Que la experiencia de Teresa no venía de haber practicado mucho. Venía de haber sobrevivido mucho. Que su boca sabía lo que sabía porque había tenido que aprender a callar. A ceder. A fingir que todo estaba bien cuando no lo estaba.

“¿La querés?” pregunté.

Jack tardó en responder. Tanto que pensé que no iba a hacerlo.

“No sé si querer es la palabra correcta.”

“¿Cuál es la palabra correcta?”

“Necesito.”

“Eso no es lo mismo.”

“No. Pero es lo que tengo.”

Jack se paró otra vez. Fue a la ventana. Miró la calle vacía. Las luces de los faroles pintaban sombras largas en el asfalto.

“¿Y vos?” preguntó sin volverse. “¿La querés?”

“No.”

“¿Seguro?”

“Seguro.”

“¿Entonces qué sentís?”

Abrí la boca. La cerré. La abrí de nuevo.

“Siento que la conozco de antes. De otra vida. De otro lugar. Como si ya hubiéramos hecho esto antes. Como si siempre hubiera estado ahí, esperando que la encuentre.”

Jack se rió. Pero era una risa amarga.

“Eso es querer, boludo.”

“No.”

“Sí.”

“No.”

“Sí.”

Me reí también. Porque tenía razón. Porque los dos sabíamos que tenía razón. Porque estábamos sentados ahí, dos tipos que se decían amigos, hablando de la misma mujer, y ninguno de los dos estaba dispuesto a soltarla.

“¿Y ahora qué?” pregunté.

Jack se dio vuelta. Su cara estaba en sombras. Solo sus ojos brillaban.

“Ahora nada. Ahora seguimos como si esto no hubiera pasado. Como si no hubiéramos hablado. Como si no supiéramos que los dos compartimos lo mismo.”

“¿Y Teresa?”

“Teresa sigue siendo Teresa.”

“¿Y nosotros?”

“Nosotros seguimos siendo nosotros.”

“¿Y si no podemos?”

Jack caminó hacia la puerta. Agarró las llaves. Las hizo sonar en su mano.

“Entonces vamos a tener que decidir quién se queda y quién se va.”

Abrí la puerta. El aire de la calle entró, fresco, cargado de promesas y amenazas.

“Pero no va a ser hoy.”

“No.”

“Mañana.”

“Mañana.”

Jack salió. La puerta se cerró. Me quedé solo en el departamento vacío, con tres botellas de ron vacías y una verdad que pesaba más que todas las mentiras que nos habíamos contado.

La boca más experta.

Y yo, todavía con sed.



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